Para designar la lengua hablada tanto en España como en Latinoamérica, al igual que en otros lugares del mundo, se han utilizado dos términos: el castellano y el español. Aunque en muchos sitios se utilicen indistintamente, en América y en algunas zonas de España se prefiere utilizar el término “castellano”.
En América se ha decidido utilizar este término en lugar del de “español” por el recelo patriótico considerándolo como una manera de sumisión a España. Mientras que en España se utiliza el término “castellano” frente al de “español” para diferenciarlo de las otras lenguas de la península, de el catalán, el euskera y el gallego.
Amado Alonso en su libro Castellano, español, idioma nacional. Historia espiritual de tres nombres (Buenos Aires, 193
nos dice lo siguiente:
El nombre de castellano había obedecido a una visión de paredes peninsulares adentro; el de español miraba al mundo. Castellano y español situaban nuestro idioma intencionadamente en dos distintas esferas de objetos: castellano había hecho referencia, comparando y discerniendo, a una esfera de hablas peninsulares -castellano, leonés, aragonés, catalán, gallego, árabe-; español aludía explícitamente a la esfera de las grandes lenguas nacionales -francés, italiano, alemán, inglés-. Castellano había sido la forma justa y adecuada de nombrar el idioma cuando se quiere discernir el romance de los castellanos del de los demás, durante el secular proceso de constitucional nacional. Español, cuando España consiguió articular sus regiones en una nación unida y comenzó la intensa vida internacional, fue la forma más adecuada para expresar la nueva situación del idioma.
Pilar Garcia Mouton en su libro Lenguas y dialectos de España (Madrid, 1994) dice:
La lengua oficial de España y de otras comunidades hispanohablantes es el español, también llamado castellano por motivos históricos, pues no cabe duda de que su origen está en la variedad que se habló en la Castilla primitiva. Recibió después influencias diversas, se pulió como lengua general y evolucionó hacia normas más o menos alejadas de su origen primero. El nombre de castellano tiene, por tanto, una explicación lógica por su origen, pero, en realidad, si se habla desde un punto de vista lingüístico, sería preferible usar español – equivalente a francés, inglés, italiano – y reservar castellano para la variedad de Castilla.
Y Francisco Marcos Marin en su libro Curso de gramática española (Madrid, 1980) nos comenta:
Las regiones extremas, que conservan sus propias lenguas, tan españolas como el castellano, prefieren que “vasco“, “gallego“ o “catalán“ se contrapongan a “castellano“ y utilizan menos “español“ como equivalente de “castellano“. Las otras regiones, en cambio, que no tienen una lengua autóctona distinta de la de Castilla (descontados los focos reducidos de astur-leonés y aragonés), consideran la lengua de Castilla tan suya como de los castellanos, y prefieren utilizar “español“ para designar la lengua común, mientras que ven en “castellano“ una señal de predominio de una región, en materia lingüística, cuando la lengua es sentida como propiedad de todos.
Visto lo visto, es preferible utilizar el termino “español” para referirse como idioma internacional (spanish, espagnol, spanisch, spagnolo, espaniera…) y utilizar el termino “castellano” para referirse al dialecto románico nacido en el Reino de Castilla durante la Edad Media.
El cualquier caso, sea cual fuere la elección entre ambos términos cada persona puede emplear el que más le guste para definir el idioma que hablan cerca de 320 millones de personas en todo el mundo, pero siempre respetando el derecho a que otros prefieran el otro.
Para saber más:
Quien fue el primer presidente de la democracia española,





















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